Un país de río bajo los astros criollos
A veces ocurre que un festival deja de ser un festival, para convertirse en una isla hospitalaria en medio del estruendo del mundo. Un navío. Una mesa. Un país.
Verano de 1996. Al pie de las montañas de Itsasu, bajo los robles portadores de memoria de Elizaldia, entre las gargantas de Atekagaitz donde se desbordan las aguas de Errobi, y la colina de Urzumu desde la cual los horizontes se abren hacia el otro lado del Atlántico, un puñado de artistas vascos apostó por una aventura singular: crear un festival que no fuera solo una sucesión de espectáculos, sino un lugar de encuentro, de pensamiento, de creación y de relación. Un lugar donde se pueda pensar con raíces bien ancladas en la tierra, mirando al mismo tiempo el mundo, pensando con él, e invitándolo a nosotros.
Errobi nace en las montañas de Navarra. Toma su último impulso en Itsasu, atravesando las memorias para lanzarse hacia el océano. Como ella, hemos aprendido a navegar, recogiendo los afluentes, acogiendo las voces. Hemos aprendido que, al igual que los ríos, ninguna cultura existe sola, que ninguna identidad permanece viva cuando se transforma en fortaleza. Zarpando desde Itsasu, navegamos hacia otras orillas y regresamos cargados de relatos, de músicas, de poemas, de rostros. Cada travesía agranda un poco nuestro mundo, teje sus archipiélagos polifónicos.
Desde hace treinta años, Errobiko Festibala intenta modestamente eso: inventar una tierra hospitalaria donde las culturas no se cierren sino que se encuentren en pie de igualdad, sin relación de dominación ni sometimiento a las leyes del mercado. Un lugar donde los cantos no son ornamentos sino maneras de habitar el mundo. Un lugar donde las lenguas perseguidas no son vestigios sino fuentes vivas. Un lugar donde el arte forma parte integrante de la vida.
¡Cuánto camino recorrido! La 30ª edición será la de las fuentes y los horizontes, desde las montañas vascas hasta las orillas criollas, de las polifonías georgianas a los cantos afrobrasileños dedicados a Ochun, diosa de las aguas dulces.
Volveremos hacia quienes crearon esta aventura cuando, en el verano de 1996, no era más que un sueño, un murmullo. Convocaremos las memorias fundadoras escuchando las preguntas que permanecen: ¿por qué un «festival»? ¿Lo seguimos necesitando? A falta de cambiar el mundo, ¿puede un festival convertirse en uno? ¿Qué horizontes se abren para los treinta años venideros?
Estas preguntas resuenan hoy con una fuerza particular: por todas partes avanzan las lógicas de dominación, los repliegues identitarios, las discriminaciones, las violencias guerreras, la colonización, la uniformización de las culturas y la destrucción de lo vivo. Frente a ello, seguimos afirmando que un espacio de creación, de libre pensamiento y de intercambio sigue siendo necesario.
«Resistir es crear. Crear es resistir.» — Stéphane Hessel
Las artes quizás no transforman el mundo por sí solas, pero transforman nuestra manera de habitarlo liberando los imaginarios y creando amor. Resistimos por el canto, por el encuentro.
¡Y a cuántas personas hemos encontrado! Poetas, filósofas y filósofos, bailarinas y bailarines, músicas y músicos, soñadoras y portadoras. Mujeres y hombres que llevaban en sí una tierra, una lengua, una historia, y que las encarnaron en Itsasu. Cada una de ellas nos ha metamorfoseado. Entre ellas, el encuentro con Édouard Glissant nos ofreció palabras para decir lo que vivíamos desde hacía ya mucho tiempo: la Relación. La Criollización. Los Archipiélagos, esa geografía poética donde florece la belleza de los mundos que se transforman al contacto unos de otros sin perder por ello su singularidad.
Ciertamente no tenemos todas las respuestas a las preguntas que nos hacemos, pero hemos aprendido de nuestros ancestros que algo resiste todavía cuando conversamos bajo un roble. Hemos aprendido de los georgianos que el amor nace cuando cantamos alrededor de una mesa. Por eso vamos a soltar amarras con un banquete, un «supra», ¡y cantaremos! Mesas dispuestas en forma de sol, como una embarcación lanzada en la noche: para los vivos y los ausentes, los ancestros y los niños que vendrán, para las lenguas que resisten frente al borrado, los cantos que atraviesan los siglos, los pueblos que se niegan a desaparecer. Entonces «temblaremos al escuchar las edades primeras» — Édouard Glissant.
¡Por Maite, por Pedro! ¡Levantaremos nuestras copas!
Algunas voces vinieron de lejos. Otras nacieron aquí. Algunas se han callado. Muchas siguen acompañándonos en el soplo de los árboles que cantan mecidos por Haize Hegoa, el viento del sur, en el fragor del río que se desborda desde las cumbres, en la dulzura de nuestras memorias de infancia. Dedicamos esta edición tan particular a todas y todos quienes han construido esta casa. A quienes nos han dejado, entre ellos Maite Achiary-Etchemendy, cuyo compromiso artístico, feminista y humanista sigue iluminando nuestras travesías. Y a Pedro Soler, nuestro amigo de siempre, inmenso músico de corazón sensible, de espíritu malicioso.
Y para quienes llevan la aventura hoy, y quienes la llevarán mañana, vamos a Rugir por trigésima vez:
Los tambores del Nordeste subirán de la tierra roja, los metales izarán las velas hacia la luna, los fuegos abrirán pasajes entre los mundos y los cuerpos danzarán alrededor del misterioso caboclo de lança para esta antigua travesía siempre nueva: 30 años no son una culminación, son una etapa, una escala en nuestra travesía.
Y si, al término de estos pocos días pasados juntos, mientras las últimas pavesas suban hacia el cielo de Atharri, levantamos una última vez los ojos hacia los astros y los buitres de Itsusi, quizás vislumbremos aquello con lo que soñamos desde hace treinta años. Una constelación frágil de voces unidas entre sí. Iluminado por la luna, un festival convertido en país, hecho de ríos y de estrellas.
— Julen Achiary